domingo, 1 de abril de 2018

"Los Agujeros Negros del Sistema Educativo", por el catedrático emérito de Geografia e Historia, D. Emilio Carrera

    La reducción del 10% del gasto público en los últimos 5 años y la intención del Ministerio de Educación del Gobierno Central  de recortar aún más las transferencias a las CC.AA. amenaza con profundizar en la degradación del sistema educativo, en la pérdida de calidad en la enseñanza, en las brechas sociales por el deterioro del principio de la igualdad de oportunidades –reforzadas por los apoyos a la enseñanza concertada a la que acceden los sectores más favorecidos–, y en la persistencia de los numerosos agujeros negros que se mantienen en los centros públicos en materia de limitaciones en número y salarios de plantillas docentes y personal laboral, excesivo número de alumnos por aula, falta de profesores de apoyo y atención a los alumnos con problemas de aprendizaje, infrautilización de  aulas e instalaciones, lucha contra el acoso escolar, programas de renovación pedagógica, mayor atención a la FP ... 
   Sin embargo, siendo la financiación capítulo esencial para modernizar el sistema, el debate sobre el pacto educativo previsto en el Congreso de los Diputados no parece, a tenor de los pronunciamientos y propuestas de los agentes sociales, económicos y políticos, preocuparse por los contenidos y finalidades de la propia educación en función de la temeraria identificación entre cantidad y calidad que tantos perjuicios ha causado en la organización y funcionamiento de los centros y las programaciones de asignaturas, cursos y especialidades que deberían tener en común para la formación integral de los alumnos y el desarrollo de su espíritu crítico, el énfasis en la distinción entre hechos y opiniones; entre informaciones, propaganda y publicidad; entre la razón, la lógica, la experiencia o el esfuerzo argumental frente a la fe, las creencias, el adoctrinamiento o los dogmas; y entre las demostraciones científicas y la objetividad de las observaciones frente a las posverdades o las noticias deliberadamente falsas o revestidas de sensaciones emocionales que tanto dificultan, por otra parte, establecer las diferencias entre el conocimiento y la sabiduría –es decir, preguntarse por la finalidad misma del I+D+i y los objetivos o prioridades que se persiguen– o entre el hecho de pensar y, con perdón, echar la lengua a pacer. Y es que hay agujeros negros “inmateriales” mucho más peligrosos que los soportes económicos que se reivindican olvidando, por ejemplo, la necesidad de incluir como asignatura troncal –y al mismo nivel que Lengua o Matemáticas– el análisis pormenorizado del significado de las nuevas tecnologías y lenguajes digitales en los procesos de enseñanza y aprendizaje, más allá, desde luego, del ocio alienador y del dominio automático, utilitario y mecánico, de teclados,  software y hardware, videojuegos, links, hipertextos, skype, rincones de vagos, wikipedia, powerpoint, youtube, facebook, twiter, instagram, hashtag, whatsapp y demás entretenimientos, chácharas interminables y compulsivas, e intercambios estériles sobre la comunicación y la circulacion indiscriminada de información como un fin en sí mismos que se han extendido como una epidemia en relaciones y comportamientos o en el neoprimitivismo expresivo, la propensión al anonimato o la suplantación de identidades en la esquizofrenia de las nuevas formas de (in)comunicación, o la falta de respeto a la intimidad ajena y, todavía peor, a la propia.
   Todo ello con el desprecio a la ortografía y la sintaxis, lenguajes telegráficos, simplezas argumentales  del mínimo de caracteres y guturalismos de predicados sin verbo, textos sin contexto, sustantivos sin nombre ni sujeto, adverbios y subjuntivos en paradero desconocido, significantes y  significados en constante extravío, anglicismos indescifrables, y la causa-efecto en manos del esoterismo y el pensamiento mágico; y con la exclusión, por sistema, de la lectura reposada –desterrados los textos largos y sus desmenuzamientos críticos con la aparición del “lector mariposa” que revolotea de un lado para otro y cae derrotado en la segunda página del libro que se ha atrevido a iniciar–, de la escritura –ni siquiera con la curiosidad grafológica que lo desenchufe de su inercia mecánica–, de la expresión oral –y su mínima coherencia­­­–, o del rechazo instintivo a los largometrajes en beneficio de los mensajes estandarizados de las series televisivas como ejercicios básicos de disciplina intelectual; con la negación del diálogo directo o el intercambio de ideas cara a cara; y con la tendencia irresistible a hablar por hablar desde la algarabía de sitios, blogs, páginas web, trending topics, o fiebres virales del manicomio cibernético, los retratos fantasmas, los patios de vecindad, y la taberna global en que se ha convertido la red. Unas prácticas que interfieren aún más el desarrollo de las capacidades intelectuales de los alumnos cuando han ido marginándose, además, los contrapesos conceptuales y las reflexiones mentales de las asignaturas de humanidades, la Filosofía y la Historia – ambas con sus implicaciones en el análisis de la violencia y la discriminación de género y en la aproximación científica a la memoria histórica o a las religiones para evitar sus tendenciosas catequesis–, cuando los métodos interdisciplinares de acercamiento a la realidad objeto de estudio han desaparecido, prácticamente, de todas las asignaturas; cuando la Educación para la Ciudadanía debería estar desempeñando el papel de lugar-refugio de la ética y los valores de nuestra convivencia civilizada; y cuando la comprensión lectora o la expresión oral deberían convertirse en instrumentos habituales del trabajo en las aulas.  Y con la urgencia, desde luego, de convertir a la Educación Ambiental en una referencia obligada como asignatura troncal –o incluso a pesar de sus riesgos de invisibilidad, como filosofía transversal impregnadora– para los comportamientos públicos y privados en el consumo responsable y sostenible de recursos, en la inspiración para el decrecimiento y las limitaciones de aprovechamiento en los espacios más frágiles, en el uso inteligente de las tecnologías asociadas a las diferentes asignaturas, en su integración como variable imprescindible en los procesos territoriales o de desarrollo productivo, en las relaciones y el papel de la especie humana en los ecosistemas y la biodiversidad de la que forma parte...
   Por último –y dejaremos sus agujeros negros para una próxima ocasión– sigue aplazándose la reforma del acceso a la docencia y formación del profesorado en los distintos niveles  –incluyendo la atención debida y la gratuidad de la enseñanza infantil–, los criterios psicopedagógicos – masters específicos, cursos de capacitación, reciclaje o actualización...–, los sistemas de evaluación en oposiciones y carrera docente, o la autonomía y funciones de los claustros, AMPAS y alumnos en la elección de los equipos directivos, el calendario escolar, las becas..., entre otras cuestiones pendientes de analizar con más detalle en los pactos, leyes y cambios que no acaban de llegar.